Archivo de la categoría: El Capitán Tan

El camino del hombre recto

“El camino del hombre recto está por todos lados rodeado por las injusticias de los egoístas y la tiranía de los hombres malos. Bendito sea aquel pastor que en nombre de la caridad y de la buena voluntad saque a los débiles del valle de la oscuridad, por que es el autentico guardián de su hermano y el descubridor de los niños perdidos. Y os aseguro que vendré a castigar con gran venganza y furiosa cólera a aquellos que pretendan envenenar y destruir a mis hermanos, y tu sabrás que mi nombre es Yahvé cuando caiga mi venganza sobre ti”

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Un paseo por el Nilo

Si existe un río mítico, ése es el Nilo. Una tarde del martes 19 de Enero de 2010, Josep de Balaguer (Lleida) con su inseparable cámara Canon en ristre intentó plasmar la majestuosidad y misticismo que nos invadía a contemplar con todos nuestros sentidos ambas orillas del gran río a bordo de nuestro crucero camino de Assuán. La cercanía de su esposa Luisa le obligó a pronunciar una frase de compromiso que definiera – imposible – lo que estábamos viviendo: Amor, sólo tú superas la belleza de este instante.
Basta evocar su nombre, para que una asociación fabulosa nos venga a la mente: el Egipto faraónico, con sus esfinges, pirámides y templos descomunales; una civilización tan fascinante como misteriosa. Los orígenes de nuestra cultura florecieron junto a este gran río, sin olvidar el Tigris y el Éufrates, cuna de la civilización babilónica. Durante la época oscura de la Edad Media, egipcio fue sinónimo de mago. Más tarde, Shakespeare, con Marco Antonio y Cleopatra, crearía la leyenda de la gran reina, que siglos más tarde retomaría el cine. La campaña de Napoleón en Egipto y los hallazgos culturales de su expedición despertaron una verdadera “egiptomanía” en Europa. Escritores como Flaubert, Burton o Gautier, junto con los viajeros románticos, contribuyeron a magnificar el mito. Incluso se compusieron óperas —Aïda o Semiramis— de tema faraónico. Casi simultáneamente, el descubrimiento de la piedra de Roseta permitió descifrar los jeroglíficos. Desciframiento que a buen seguro le gustaría dominar a Oscar, inquieto como pocos en su romántico viaje con su recién esposa Azucena, experta usuaria de su fabulosa máquina Sony, repleta de fotos y más fotos.
Sin embargo, las fuentes del Nilo seguían siendo tan desconocidas como en tiempos de Herodoto. Alejandro Magno, Julio César o antes el persa Ciro buscaron inútilmente el nacimiento del río. Muchos otros quisieron comprobar también las teorías de Ptolomeo, que lo situaba en las entrañas de África, en las legendarias Montañas de la Luna —el macizo del Ruwenzori—, pero todas las expediciones fracasaron. Hasta mediados del siglo XIX, no se desveló el enigma: qué había más allá de las cataratas de Asuán.
Resulta realmente paradójico que los antiguos egipcios no sintieran curiosidad por conocer las fuentes de su gran río. Si Marisa y Alberto, hubiesen sido egipcios del imperio antiguo a buen seguro que hubieran descifrado el gran enigma y descubierto para todos las fuentes del Nilo, allá por las lejanas tierras del Gran Lago Victoria. Para ellos, era algo tan evidente como la tierra, el mar o los astros. Simplemente, cada año crecía y aportaba el limo fertilizador. Los modernos egipcios, como sus antepasados faraónicos, siguen considerando las aguas del Nilo como su propiedad absoluta, a pesar de que ni una gota de agua alimenta el caudal desde su entrada en el país.

Una mañana cualquiera del año 1.270 a.C., muy temprano, cuando los primeros rayos de Ra renacían de nuevo en el horizonte frente a la Esfinge, y de nuevo relucía el poder de las Pirámides, Tebas amanecía como cada día.
La Reina despertaba con el rostro iluminado por la suave caricia solar…delicadamente se levantó y tomó una copa de agua decorada con lotos azules y refrescó su fina garganta de dulce voz. Una de sus sirvientas se acercó con afán de embellecer a su Reina portando un hermoso vestido largo amarillo con remates en hilo de oro; pero Nefertari se puso una sencilla túnica de lino transparente y salió de la sala. Con su cabello suelto y sin maquillar, ausente de oros y turquesas, discreta, descendió las escalinatas hasta llegar a los jardines y se encaminó hacia el embarcadero con afán de sentir el aire fresco del Nilo.
Perdida su mirada entre las falucas que surcaban las celestes aguas, soñaba con su Faraón… ¿dónde se encontraría en estos momentos? Ambos observaban las aguas del mismo Nilo, y podían sentirse en la distancia.
Nefertari comenzó a pasear por la ribera llena de juncos y nenúfares de hermosos colores. En los campos, los labradores trabajaban desde el alba las fértiles tierras tras la crecida que en ese año fue sustanciosa. El sol ascendía en el inmenso cielo azul raso que únicamente sobrevolaban preciosos pájaros que desde lo alto parecían indicar a la Reina que el bajel real seguía felizmente su curso cerca de la primera catarata.
La Reina respiró profundamente y se detuvo para refrescar su rostro. Las aguas frías del Nilo embellecían su piel. Y de nuevo observó los fructíferos campos repletos de viñedos. A lo lejos se escuchaban melódicas voces adornadas con sonidos de laúdes y sistros procedentes de los templos, en los que las sacerdotisas perfumadas adoraban a los dioses. Nefertari sintió en su interior la dulzura de Hathor. Sin darse cuenta se encontraba bastante alejada de Tebas.
Continuó su paseo y una sonrisa invadió sus grandes ojos. Ante sí jugaba un grupo de niños procedentes de una aldea cercana, y sus risas llenaron su alma de alegría. Una pequeña pelota tallada en madera rebotó en la sandalia de Nefertari, y un niño de tez morena fijó sus redondos ojos en ella. Por unos segundos sus miradas se mantuvieron firmes y por fin la Reina tomó la pelota entre sus finas manos. El pequeño egipcio, vestido con una corta tela anudada en su cintura, alargó su mano con afán de recuperarla. Su piel de niño tostada por el sol, su negro cabello alborotado y sus pies descalzos manchados por el limo embelesaron a la Dama de las Dos Tierras.
Nefertari, entremezclada con el pueblo, rodeada de niños, sin escolta y discretamente vestida, no aparentaba exteriormente ser la Reina de Egipto, sin embargo, un extraño halo que contorneaba su estilizada silueta revelaba su rango.
Nefertari, sencilla, radiante, con el porte de una diosa, volvía a ser la Señora de las Dos Tierras, la Gran Esposa Real.

Viaje a Ítaca

itaca
Cuando emprendas tu viaje hacia Ítaca
debes rogar que el viaje sea largo,
lleno de peripecias, lleno de experiencias.
No has de temer ni a los lestrigones ni a los cíclopes,
ni la cólera del airado Poseidón.
Nunca tales monstruos hallarás en tu ruta
si tu pensamiento es elevado, si una exquisita
emoción penetra en tu alma y en tu cuerpo.
Los lestrigones y los cíclopes
y el feroz Poseidón no podrán encontrarte
si tú no los llevas ya dentro, en tu alma,
si tu alma no los conjura ante ti.
Debes rogar que el viaje sea largo,
que sean muchos los días de verano;
que te vean arribar con gozo, alegremente,
a puertos que tú antes ignorabas.
Que puedas detenerte en los mercados de Fenicia,
y comprar unas bellas mercancías:
madreperlas, coral, ébano, y ámbar,
y perfumes placenteros de mil clases.
Acude a muchas ciudades del Egipto
para aprender, y aprender de quienes saben.
Conserva siempre en tu alma la idea de Ítaca:
llegar allí, he aquí tu destino.
Mas no hagas con prisas tu camino;
mejor será que dure muchos años,
y que llegues, ya viejo, a la pequeña isla,
rico de cuanto habrás ganado en el camino.
No has de esperar que Ítaca te enriquezca:
Ítaca te ha concedido ya un hermoso viaje.
Sin ellas, jamás habrías partido;
mas no tiene otra cosa que ofrecerte.
Y si la encuentras pobre, Ítaca no te ha engañado.
Y siendo ya tan viejo, con tanta experiencia,
sin duda sabrás ya qué significan las Ítacas.